Miradas desde el Cielo

La primera vez que le hablaron de su madre, la biológica, Javier sólo tenía cuatro años. Fue su abuela en una bonita noche de verano, con el calor del día superado y la agradable sensación de frescor acariciando sus mejillas, cuando estaban sentados en las escaleras del jardín, callados y mirando hacia el cielo. Su abuela le contó entonces dónde estaba su madre, no lo hizo antes porque la mente de un niño es demasiado pura para albergar las ideas de los mayores. O porque los mayores necesitan tiempo para descubrir cómo explicar ciertas cosas a los niños. La anciana miró a su nieto con ternura y tras un suspiro lento comenzó a hablar como si se tratara de un cuento.

- Tu mamá está en el cielo, un día Dios se la llevó porque la necesitaba con Él. Ella era la más hermosa en la Tierra, y por eso también lo es en el cielo -Hizo una pausa y observó la reacción del niño, quizá esperando alguna pregunta que le ayudara a continuar-. Mira, es aquella estrella, la que más brilla y la más cercana a la Luna. Cada noche Ella está allí para vigilar tus sueños y espantar tus pesadillas. Si algún día quieres contarle algo, basta con que la mires y le hables, Ella siempre te está escuchando.

Javier miró hacia la gigantesca masa negra que era el cielo y localizó la estrella de la que hablaba su abuela. No dijo nada, no hizo preguntas, no hubo gestos ni demostró un solo sentimiento, se limitó a observar. Una dolorosa mezcla de soledad y rabia le endureció la mirada, y en su interior odió a Dios por llevársela, y odió a su madre por querer marchar y dejarle aquí abajo.

- Si Dios se la levó -le explicó su abuela-, es porque en el cielo hay muchos niños huérfanos a los que cuidar, y quién mejor que ella para hacerlo…
- Entonces yo quiero irme con mi mamá para que me cuide -interrumpió Javier con el razonamiento sincero e inocente de los críos.
- Algún día podrás hacerlo, hijito. Algún día todos nos reuniremos con Ella de nuevo.

Ambos se quedaron en silencio durante largo tiempo mirando al cielo, ella pensando en su hija, él con aquél punto luminoso reflejado en su iris y una lágrima deslizándose por su mejilla. Esa fue la última vez que Javier lloró.

A partir de esa noche repitió el ritual en muchas ocasiones, sentado en las escaleras del jardín o apoyado en la barandilla de su balcón, Javier se pasaba largos ratos con los ojos perdidos en las alturas. Al principio sólo miraba y pensaba, buscando en las pequeñas luces la lógica imposible del Universo. Llegó a crearse un mundo alrededor de la noche estrellada donde cada cosa tenía su lugar y su razón, donde lo que ocurría aquí abajo se reflejaba allí arriba, y cualquier suceso de arriba era una premonición que se cumpliría abajo. Cielo y tierra, noche y día, sombra y luz, sentimiento y sentidos,. para Javier constituían todos el mismo binomio. De esta manera entendió sin razonamiento que el día era para vivir con los pies en la tierra. Pero también aprendió que durante la noche se podía volar, alcanzar el cielo sin necesidad de utilizar las limitaciones que suponen los sentidos, únicamente mirándolo y dejándose atrapar por la magia silenciosa de las estrellas. Aprendió a vivir entre dos mundos bien distintos pero que él diferenciaba con absoluta naturalidad. Su imaginación era cada día más desbordante, encontró una interpretación para cada estrella, para cada nube, para cada fenómeno atmosférico. Se guardó todo para él como si al contarlo le fueran a robar el sentido de todas las cosas. Cada punto de luz en el oscuro mapa celeste tenía un nombre y una explicación; la estrella más centelleante era su madre, por supuesto, la más hermosa y bella de las que se podían ver. La luna tenía que ser Dios, porque era el objeto más grande, el que dominaba todo lo que se veía; además en el colegio le decían que Dios creó la tierra y el cielo y las nubes y las estrellas y el mar y a los hombres y a los animales, y que estaba por encima de todas las cosas. Cuando las estrellas estaban tristes llovía y cuando estaban cansadas de brillar resoplaban y llegaba el viento. Intentó contar los astros del cielo, pero siempre perdía la cuenta o se dormía antes de terminar. Había muchas estrellas, así que supuso que cada una era la mamá de algún niño a la que Dios había llamado a su lado, alguna de ellas debió ser muy fea porque apenas brillaba. Poco a poco se fue construyendo un mundo que crecía al mismo ritmo que él.

Un día la abuela le dijo que recogiera sus juguetes pero él desobedeció. Esa misma noche una enorme pesada nube de color gris oscuro tapó el cielo sin permitirle ver más allá. Dios se había enfadado con él por ser malo y el castigo que le impuso fue no permitirle ver a su madre. Javier permaneció mucho tiempo mirando hacia arriba, con la esperanza que esa maldita nube desapareciera, pero pasaban los minutos y no parecía que fuera a haber movimiento alguno.

- Ya sé que he sido malo y me tienes que castigar -pronunció el niño con un nudo en la garganta-, pero no castigues a mi mamá, porque si pones la nube en medio, Ella tampoco puede verme a mí.

Las palabras Javier a la Luna salieron de su boca en un hilo de voz temblorosa, a punto de convertirse en llanto. Aquella fue la primera vez que le habló a las estrellas y continuó haciéndolo a diario. Aunque a veces lo hacía con otras estrellas y con la Luna, conversaba especialmente con su madre, le contaba lo que le ocurría en el cole y cómo hoy Felipe le había quitado un lápiz y él se lo había dicho a la seño y ella había castigado a su compañero de cara a la pared y le dijo que le daría un azote si lo volvía a hacer. Le contaba lo que había aprendido, los goles que había metido en el patio y el caramelo que le había regalado su abuela por la tarde. Javier no recibía respuesta, pero una voz interior silenciosa le contestaba a todas sus preguntas, a todas sus dudas. Jamás contó a nadie la relación con su madre, era un secreto tan grande que al contarlo perdería valor, compartirlo supondría perder lo más intimo y más valioso que poseía. La ilusión se esfumaría y se convertiría en rutina, o desaparecería para siempre.

. . . . . .

Javier permaneció toda la noche sentado en las escaleras del jardín mirando el cielo, era verano y hacía quince años que su abuela le había hablado por primera vez de su madre, hacía quince años que había llorado por última vez. Ahora ya sabía la verdad, porque su mente había perdido la pureza de los niños y se había contaminado con los odios de los mayores, como un vaso de leche al que se le van añadiendo gotitas de café para acabar perdiendo el blanco original. La estrella con la que hablaba era Venus y había dejado de creer en la relación de la luna con Dios, las madres de los niños huérfanos y los sucesos del cielo en reciprocidad con los de la tierra. Sin embargo, cuando miraba al cielo de noche seguía hablando con su madre y volvía a ser el niño de antes, le contaba sus alegrías e inquietudes, le pedía consejo y esperaba que la voz sorda de su interior le respondiera. Lo hacía como rutina porque de esta manera había aprendido a reflexionar sus cosas, no conocía otra. Hablar con su madre le sosegaba, le ayudaba a detener el ritmo habitualmente frenético de sus pensamientos y sentía las espaldas liberadas del tremendo peso de la vida.

- Parece que Dios está en todas partes –pronunció en voz baja, a la vez que esbozaba una sonrisa irónica al recordar el mundo construido en su infancia.

Observó la luna durante unos segundos, y al dirigir su mirada hacia la derecha, ante su sorpresa vio la estrella, vio a su madre. Se quedó paralizado. Ese día Javier entendió que su madre no salía cada noche para mirarle, comprendió que aunque él no pudiera verla, Ella permanecía siempre a su lado allí donde estuviera, cuidándole y protegiéndole. Entendió que durante toda su vida incluyendo la que le quedaba por vivir, su madre estaría más cerca de él de lo que nunca habría estado en la tierra. Y la emoción de esa revelación le clavó puñales en los ojos y de ellos volvieron a brotar las lágrimas, otra vez.

A partir de ese día Javier no necesitó mirar al cielo oscuro para hablar con les estrellas.

Dedicado a Mª Carmen Gómez Uriol, por ser quien es, mi mejor amiga…

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Carta a una amiga muerta

A Laura (1972-1991)

Ayer pronuncié tu nombre. Y lo hice mirando a los ojos a mi psiquiatra. Y lo pronuncié porque quiero que desaparezca ese incómodo sentimiento de culpabilidad. Y pensé en ti porque él me preguntó qué hacía cuando iba al cementerio. Y tu nombre saltó desde mi boca por voluntad propia, sin permiso y sin forzarlo. Y me acuerdo de ti; bueno, no me acuerdo con el concepto habitual del recuerdo. El único recuerdo fuerte es una foto que no sé dónde guardo. Una foto en la que estás guapísima. Como eras, vamos. Sentada en una mesa comiendo en el campo y sonriendo. Y tienes una sonrisa preciosa, y tu pelo es una cascada de anillos negros cayendo por tus hombros. Y estás preciosa, como eras, vamos. Pero del resto no tengo ningún recuerdo. Recuerdo cosas que sé que pasaron, pero no aparecen las imágenes, y en las imágenes que aparecen no estás tú, o sí estás pero no aparece tu cara. Y yo no te he olvidado, por eso visito al psiquiatra, por eso y por muchas otras cosas, pero esta es una de ellas. Son muchas cosas las que me pasan, pero a ti sólo te contaré las que te incumben. Porque quiero olvidarte, y quiero olvidarte porque sé que así volverá a aparecer tu cara en las imágenes de mi memoria, y cuando recuerde tu cara no me sentiré culpable. Se me ocurre que cuando recuerde tu cara será que me has perdonado. O que me he perdonado yo mismo. Porque no recuerdo si eres tú la que tiene que perdonarme o si soy yo mismo el que se echa la culpa encima. No lo sé. Y si lo supiera no iría al psiquiatra. Y recordaría tu cara.

Me porté mal contigo, pero también me porté mal con mucha otra gente. Solo que al resto he podido pedirles perdón, al contrario que a ti. Y la diferencia es que tu está muerta. Y te moriste antes de poder pedirte perdón. Creo que eso es lo que me pasa, no fui peor persona contigo que con que con los otros. O quizá sí, pero no tuve tiempo. Han pasado más de diez años y todavía me duele. O mejor dicho, todavía me castigo. Porque eso es lo que mejor hago. Castigarme, digo. Y nunca termina el castigo, quizá porque no me pongo penitencia, sólo me castigo. Sé que tú ya me has perdonado. Lo sé porque lo supongo, vamos. Pero quiero creer que no eras tan mala como para desear mi sufrimiento. Aunque me hiciste sufrir mucho. Y porque sabes que si hice lo que hice fue por despecho y por orgullo. Y posiblemente porque te seguía queriendo después de todo. Y no soportaba que pudieras preferir a otro. Y las historias que cuentan sobre ti me las creo a medias. No eras tan mala como yo decía. Ni como decían los demás. Y tampoco eras tan buena como he querido verte desde que alguien me dio la noticia. Eras tú, ya está. Tan buena y tan mala como lo pueda ser yo. O como lo pueda ser cualquier otra persona. Y la culpa fue tuya. Y la culpa es mía. Y nadie tiene la culpa. Al final lo que cuenta, para mí, es lo que siento por dentro. Rencor y culpabilidad. Y se me ocurre que cada persona es lo que los demás sienten por ella. Y lo que uno siente hacia los demás. Y tengo que aprender a vivir con esos sentimientos. O mejor, tengo que aprender a reconocerlos. A reconocerme a mí mismo. Porque cuando sea capaz de reconocerlos, de asumirlos como míos, entonces podré desligarme de ellos. Desaparecerán para siempre los sentimientos que yo he inventado y quedarán los verdaderos. Al menos los verdaderos respecto a ti.

Porque sólo quiero recordarte como eras. Lo bueno y lo malo, como en una boda. Y que sólo nos separe la muerte. Porque la muerte, tu muerte, todavía no nos ha separado. Al contrario nos ha unido más. Y eso no es bueno, al menos para mí. Es bueno si esa unión se mantiene como un recuerdo. Sin más. Sólo los sentimientos generados en el momento de vivirlos, no los que he ido yo añadiendo después. No, eso no. Si uno de esos recuerdos me produce rencor, que sea rencor. Si alegría, que alegría. O si me deja frío, que me deje frío. El caso es que las cosas sigan su camino, el que tienen que tomar. Tú has muerto, eso es todo. Debo sentir pena y dolor por el hecho de tu muerte. Y tristeza por haberme portado mal en un momento dado. Pero hubo otros momentos. Aunque no los recuerde hubo otros momentos. Sólo quiero, necesito, que quede eso. Nada más. Porque desde el conocimiento de tu muerte me he obligado a quererte más. Inconscientemente. Me he obligado a venerarte como si fueras mi reina y te debiera eterna servidumbre. Y al final, lo único que eras era mi amiga. En mayor o menor grado, con más o menos fuerza. Con más o menos cariño. Amiga, esa es la palabra que quiero para ti.

Hace tiempo que no voy al cementerio. Y no es por tu culpa ni por todo lo que te estoy contando. Son muchas las razones por las que ya no voy. Pero quiero que sepas que tú eres una de ellas. Y algún día volveré al cementerio. Y antes de marchar volveré a tu tumba negra siempre llena de flores. Y rezaré una oración por tu alma. Sólo espero que cuando lo haga, cuando bese con la mano la lápida helada que te encerró para siempre, sólo espero que los sentimientos no me aturdan y se deslicen con suavidad en mi mente. Y sólo espero quererte y odiarte como quiero y odio a otra gente. Y sólo espero haberme ya perdonado. Porque estoy seguro que tú ya me perdonaste hace mucho tiempo. Mucho antes de tu muerte.

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Cruce de caminos

No hay casualidades.

No existen, nada ocurre por azar, sólo es una invención para tratar de explicar determinadas situaciones que nos acontecen. Buscamos que las cosas sucedan a nuestro alrededor, las provocamos de manera inconsciente y después acudimos al azar para quitarnos responsabilidad o rebajar la tensión de la atención que provocamos. No importa que se trate de buenas o malas, el camino para que sucedan las cosas lo trazamos tras los ojos y hacemos como que nos sorprendemos cuando se materializan ante ellos. De alguna forma tenemos que salpicar nuestra vida con especias y colores, de lo contrario sería excesivamente monótono, terriblemente insubstancial.

Ni mucho menos se trata de pregonar que la vida está trazada de antemano, somos libres de elegir nuestros caminos. Y nada de esto es malo, sino al contrario; significa que obtenemos lo que deseamos, o lo que buscamos, o lo que nos merecemos. Cada cual otorga a su existencia el sentido mágico que quiere, o que puede, y el grado de inocencia que necesita.

No es casualidad.

No se trata de azar que estés leyendo estas líneas, ni que yo las haya escrito, aunque ninguno de los dos sepamos con exactitud por qué sucede . No es casualidad que decidiera publicar ese relato en ese momento, tampoco que antes no pudiera hacerlo o que ahora esté absorviendo las consecuencias, positivas y negativas, tras haberlo hecho. Se trata de un acto de voluntad escondido tras otros pensamientos aparentemente más importantes pero ciertamente menos relevantes, como cortinas de humo.

Tan sólo es un cruce de caminos como los que vivimos cada día, millones a lo largo de nuestras vidas. Y en este cruce nos encontramos ahora tú y yo, así que podemos continuar nuestros caminos en la dirección que queramos, con un hasta luego, hasta nunca, espero verte pronto o vamos de la mano. Tan sólo deseo que disfrutes un rato con las reflexiones y lecturas que aquí encuentres. Si al menos logro eso me sentiré orgulloso, y no será por casualidad.

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